
En la tierra de encanto y color,
donde la belleza vive en esplendor,
nace un poema para recordar,
que cuidarla debemos sin descansar.
En cada pétalo que florece,
en cada paisaje que resplandece,
en cada sonrisa que ilumina,
la belleza brilla y nos fascina.
Con manos suaves y tiernas caricias,
protegemos la naturaleza con delicias,
cuidando ríos, bosques y mares,
preservando su esencia para no desaires.
El rostro puro, radiante y sereno,
reflejo de un cerrazón ameno,
un lienzo bello que debemos nutrir,
con hábitos que nos hagan relucir.
El cuidado de la piel, un ritual sagrado,
con productos naturales, nos deleitamos,
limpiamos, hidratamos y mimamos,
la belleza interior así desvelamos.
Y en los ojos, ventana del alma,
brilla un brillo que no se desarma,
cuidemos su luz con descanso y calma,
miradas llenas de ternura y calma.
En cada gesto de bondad y amor,
cuidamos la belleza sin miedo,
en cada palabra de aliento y elogio,
sembramos flores de un jardín virtuoso.
La belleza es un tesoro enorme,
un regalo del universo enorme,
cuidémosla con pasión y respeto,
y en nuestro entorno, dejemos su efecto.
Así, en cada latido de nuestro ser,
brilla la belleza como amanecer,
en cada acto, en cada pensamiento,
cuidemos su esencia, como juramento.
¡Oh, cuidado de la belleza divina!
En nuestras manos esta la encina,
mantenemos viva su llama eterna,
en cada gesto, en cada ventana.
Cuidemos la belleza, con amor profundo,
pues en su resplandor encontramos el mundo,
una danza de colores y armonía,
que nos inspira y nos llena de alegría.